Memoria de la tragedia litoral que en julio de 1926 se cobró la vida del ingeniero Manuel Orueta y de dos obreros del Gijón industrial.
El mar poderoso, ese mar que subyuga y encanta, que es bello y magnífico, pero que esconde en su bravura la impiedad, ha vuelto a trocar su azul purísimo por el negro luctuoso de la tragedia irremediable y fatal.
Hace unas fechas, la siempre poderosa mar de San Lorenzo, en la Cantábrica, volvió a advertir contra la confianza, y a trocar su azul en el luctuoso negro de la tragedia?
El pasado julio se cumplieron 83 años de otra gran tragedia de mar, consecuencia de otra confianza mal rematada. Todas las tragedias de la mar, al contrario de otras, siempre sobrecogen por su grandeza.
La del domingo 25 de julio de 1926, no en nuestro litoral, sino en los acantilados del vecino Oles, conmovió profundamente los cimientos de la «sociedad» local, tanto por la significación de su principal protagonista, Manuel Orueta Castañeda, un joven ingeniero al frente de una de las grandes empresas locales, y del Gijón industrial y obrero, porque junto a él perecieron sus operarios Lorenzo Martínez y su hijo Luis.
Ocurrió el mismo día y al mismo tiempo que llegaba a su cenit la romería de Ceares; y a la misma hora en que concluía en las proximidades del puente del Piles, la tercera y última etapa de la «Vuelta Ciclista a Asturias», que había a las seis de la mañana había partido de Cangas del Narcea…
Amaneció el día caluroso, y terminó «aturbonado». Quien, en el Gijón festivo, madrugó para acudir a la misa del alba; quien, sin obligaciones, durmió la mañana, para cumplir con el precepto en la más cómoda de doce, de Patronato del Hospital, instituida para el cumplimiento de los labradores, que en la madrugada de los domingos abandonaban sus parroquias por venir con sus productos al mercado de Gijón; y que luego hicieron suya los duques y las damas y los caballeros del comercio, la industria y la navegación… Más que nada, por dejarse ver por San Pedro?
Sin misa, que los tiempos ya eran muy otros, quedaron aquella mañana no pocos romeros y romeras de los barrios populares, que desde primera hora de la mañana preparaban viandas, bebidas y percales, para «subir» al prado grande de la romería de Ceares, donde desde bien temprano lucían los carros de sidra, en uno de los cuales, el de la «Casa Vaquero», sidra de Fran y el Roxu de Cabueñes, se vendían por primera vez las latas calientes de la famosa fabada «Campanal»…
En el Llano, carretera del Obispo, el joven ingeniero Manuel Orueta, hijo del recién fallecido don Domingo, el sabio fundador de la próspera fábrica de palas y vagones, madrugó lo necesario para, como muchos festivos, salir a cumplir con el deber primario de la pesca.
Con él, iban aquel domingo sus hijos mayores, Domingo y Manuel; y como siempre, el encargado del almacén de la fábrica, Lorenzo Martínez Pablos y su hijo Luis, y el chofer de la casa, Eugenio Herrera, hijo del jefe de los talleres de don Manuel. Y al acantilado de Oles, próximo a Tazones, se dirigieron los pescadores, bien entretenidos con cuentos, risas y canciones…
La pesca, al parecer, no se les dio como en otras ocasiones, apenas algo más de dos docenas de chopas habían pescado los expedicionarios en toda la jornada. Por ello, a pesar de que a las seis y media era la hora prevista del regreso, don Manuel, Lorenzo y Luis decidieron apurar la suerte unos instantes más y se dirigieron a la roca más avanzada sobre la mar, a la conocida como la punta del Olivo, que con otras forma peligrosa ensenada donde la mar, como en la Cantábrica, bate con furia… Y de pronto, una ola enorme batió la peña y arrastró a Lorenzo Martínez. Su hijo se lanzó tras la ola para salvar al padre, pero otra los envolvió, desapareciendo ambos entre la espuma. Fue entonces cuando el señor Orueta, que no era nadador experto, sin escuchar los consejos de Eduardo, ni los llantos de sus hijos, se lanzó a la mar en su socorro… En unos instantes, los tres perecieron ahogados…
El automóvil, que a alta velocidad, traía a Gijón a los dos hijos del señor Orueta con la noticia de la tragedia, atropelló de gravedad a la altura de San Justo a Edelmira Pérez, de 18 años, vecina de Arroes, que iba camino de la fiesta.
Tres días después, cuando aún la tragedia de la mar estaba viva, otra nueva, fruto también de otro exceso de confianza, ocurrió en la estación del Norte de Madrid, donde nutrida concurrencia esperaba la llegada del Correo de Asturias, que arrastraba el vagón con el cadáver del ingeniero, que seguidamente iba a ser enterrado en el cementerio de San Lorenzo…
Don Ramón Lavín González, alto funcionario del Ministerio de Trabajo, y apoderado de la familia Orueta, al ver acercarse el Correo, sin percatarse de la proximidad se dispuso a cruzar la vía para colocarse junto a la familia, con tan mala fortuna que resultó alcanzado, falleciendo en el acto…
Comenzó la tragedia de la confianza en la Punta del Olivo de Tazones, y concluyó en la estación del Norte de Madrid… De entonces acá, otras mil.
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